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En la industria de ti a menudo hablamos de choques entre tecnologí­as competidoras como “guerras religiosas”. Ejemplos notables de tales cismas insalvables incluyen el que existe entre los usuarios de Linux y Windows; entre usuarios de PC y Macintosh; entre usuarios de Palm y Pocket PC; o entre cualquier par de lenguajes de programación que desee nombrar. Y aunque pueda sonar como una metáfora superficial, puede haber un grano de verdad en ella.

La implicación del término es que hay algún elemento irracional en la adhesión de las personas a uno u otro de estos productos, más allá de cualquier comparación racional de sus respectivos méritos, y creo que eso es casi seguro que es cierto en la mayorí­a de los casos. Las personas que aman el Macintosh, por ejemplo, se consideran a sí­ mismos como tipos de personas ligeramente diferentes de los que usan PCs: su uso de Mac se convierte en una parte de lo que los define como personas.

En un libro reciente, el magní­ficamente bigotizado Robert Winston sugiere que podrí­a haber una predisposición genética en los seres humanos a tener una visión religiosa del mundo, conectada con el gen del receptor de dopamina D4 que controla nuestros sentimientos de bienestar. La teorí­a es que, a diferencia de las aves o los peces €“ cuyo comportamiento de bandada está cableado €“ creamos cohesión de grupo y cooperación a través de la sensación de satisfacción que se puede despertar siguiendo un código de conducta compartido. Este tipo de argumento está abierto a la objeción (í  la Dawkins) de que una vez que elementos como códigos de conducta compartidos se involucran, has dejado el reino de la selección natural de genes y entraste en el reino de la selección cultural de memes.

Una religión real cumple varias otras funciones aparte de unir a las personas en comunidades de interés. Les ofrece una explicación de por qué suceden las cosas, una que es más fácil de vivir que aceptar que el universo es esencialmente aleatorio e indiferente a nuestro destino. Un equivalente para este papel también existe en el mundo de la computación, entre aquellas personas que estudian fractales, máquinas de Turing, autómatas celulares y sistemas autoorganizados como formas de explicar cómo se estructura el mundo. Tales explicaciones son más cientí­ficas y más cercanas a la realidad que las explicaciones religiosas, pero siguen siendo solo metáforas del océano inimaginable de quarks hirviendo (otra metáfora, inevitablemente), que es todo lo que ‘realmente’ hay. Y siempre pueden ser refutados diciendo que Dios los hizo también, de la manera en que lo hacen las personas de Diseí±o Inteligente.

Sin embargo, el papel más importante de una religión es como institución para imponer una moralidad €“ es decir, un código para distinguir lo que es bueno de lo que es malo €“ y que lo haga disfrazando la verdad es tolerable para muchas personas si les hace comportarse bien unos con otros. Muchos de los problemas que enfrentamos actualmente en el mundo €“desde el terrorismo fundamentalista hasta la cultura yob€“ se derivan del hecho de que el secularismo todaví­a no ha producido una moralidad totalmente coherente, ni una forma igualmente efectiva de imponerla. Lamento si la noción de que las “moralidades” existen en plural, y que se pueden construir, ofende a cualquiera. La religión logra su poderoso efecto al afirmar que solo hay una moral verdadera, y que proviene de Dios: una estratagema inteligente y efectiva para disfrazar el hecho de que cada criatura viviente tiene su propia moralidad diferente e incompatible incorporada en su propio organismo.

La búsqueda de comida, sexo y calor, además de huir del frí­o y el peligro, se encuentra en la raí­z de toda moralidad, cada criatura persigue su propia versión del bien. El agua nos ahoga pero apoya a los peces, viceversa con el aire. La evolución ha grabado tanto tales realidades en la estructura fundamental de nuestros cerebros que no podemos evitar dar valor a todo lo que encontramos, y la razón cientí­fica es nuestro intento parcialmente exitoso, aunque impresionante, de filtrar tales juicios de valor. Lo que es más, el Bien de cada criatura debe ser necesariamente el Mal de alguna otra criatura (sí­, incluso los vegetarianos). Sólo puede tener éxito interrumpiendo alguna otra forma de vida. Incluso las plantas luchan por el mismo pedacito de tierra y se roban la luz solar unas a otras. Una religión trabajadora, a través de su creencia en Dios y una sola moral unificadora, hace que las personas sean capaces de sacrificar su propio bien en interés de todos, y fue solo eso lo que nos permitió civilizarnos. Y ahora que muchos de nosotros, como Dorothy, hemos mirado detrás de la cortina, estamos luchando para evitar que el proceso vaya a la inversa.

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